“En aquel tiempo, vio Juan venir a Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que este es el Elegido de Dios»” (Jn. 1,29-34).
I. En el Evangelio de hoy el Bautista prepara a los hombres para la llegada del Señor. Y cuando lo ve venir hacia él, dice: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. ¡Qué resonancias tendrían esas palabras en quienes conocían el significado del cordero pascual y de su sangre derramada la noche en que fueron liberados de la esclavitud en Egipto! Todos sabían que Isaías había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el cordero pascual que cada año se sacrificaba en el Templo. “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, anuncia el Bautista, y habla de todos los pecados: el de origen, que alcanzó a los descendientes de Adán, y los de los hombres de todos los tiempos. “A perdonar ha venido Jesús. Es el Redentor, el Reconciliador. Y no perdona una vez; ni perdona a la abstracta humanidad. Nos perdona a cada uno, tantas veces cuantas, arrepentidos, nos acercamos a Él”.
II. Jesús se convirtió en el Cordero para reparar las faltas de los hombres; de ahí que resulte tan expresivo ese título, “porque -comenta fray Luis de León- Cordero, refiriéndolo a Cristo, dice tres cosas: mansedumbre de condición, pureza e inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda”. Resulta notable la insistencia de Cristo en su llamada a los pecadores. Sus contemporáneos lo conocen por esa actitud misericordiosa: escribas y fariseos dicen “este recibe a los pecadores y come con ellos”; se sorprenden porque perdona a la adúltera.
En el sacramento del perdón obtenemos además las gracias necesarias para luchar y vencer defectos quizá arraigados en el carácter; muchas veces causa de desánimo y desaliento. Para alcanzar esas gracias observemos tres aspectos: el examen de conciencia, el dolor de los pecados y el propósito firme de la enmienda. “Se podría decir que son, respectivamente, actos propios de la fe -el conocimiento sobrenatural de nuestra conducta, según nuestras obligaciones-; del amor, que agradece dones recibidos y llora la falta de correspondencia; y de la esperanza, que aborda con ánimo renovado la lucha la santificación. Y así como de las tres virtudes la mayor es el amor, el dolor -la compunción, la contrición- es lo más importante en el examen de conciencia”. Si cuando nuestras faltas nos llevan a ese dolor (...), el propósito brota inmediato, determinado, eficaz.
III. Jesucristo nos llama a la santidad y nos da las ayudas necesarias para la santificación. Esta fuerza es don del Cordero de Dios, y se realiza en una purificación continua del alma. Por eso, la confesión frecuente es señal de amor a Dios; y su desprecio indica insensibilidad para las mociones del Espíritu Santo. En toda Confesión contrita oímos, como Lázaro, las palabras de Cristo: “Desatadle y dejadle andar”. “Y así como el difunto salió aún atado, lo mismo el que va a confesarse todavía es reo. Para que quede libre de sus pecados dijo el Señor a los ministros: desatadle y dejadle andar...”. La Confesión frecuente está relacionada con la santidad, pues allí el Señor nos enseña a ser humildes. Y como somos débiles, sólo si es frecuente permitirá un estado permanente de limpieza y de amor.
Examinemos hoy con qué amor nos acercamos al sacramento de la Penitencia y si acudimos con la frecuencia que el Señor nos pide.
Textos basados en ideas de “Hablar con Dios”, de F. Fernández Carvajal.